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Campos de las anclas
Brumo llegó junto al barco dando dos saltos cortos. El delfín guardián no estaba jugando.
—Hay un ballenato en el antiguo puerto. Puede respirar, pero no consigue salir. Su madre lo espera fuera.
Arán, el corsario del viento, llevó la pequeña embarcación hasta los Campos de las Anclas. Allí quedaban amarres de barcos desaparecidos, unidos a viejas cadenas.
Nara vio al ballenato junto a una boya rota. Una red abandonada le rodeaba la cola y se enganchaba en algún punto bajo el agua. El animal se mantenía en la superficie, acompañado por Brumo.
Arán dejó el barco inmóvil, a distancia, y preparó las herramientas de rescate que llevaba a bordo: un gancho largo, una cuerda y un cortador sujeto a una pértiga.
—Primero averiguamos qué sostiene la red —dijo—. No vamos a tirar del pequeño.
Nara sabía leer los movimientos de las corrientes. Arán podía situar el barco para observar las cuerdas desde un ángulo distinto. ¿Examinarían el agua o rodearían lentamente la boya?
¿Qué camino eliges?
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