Una disculpa sin excusas
Isolda se sentó en el banco y esperó. Kiwi y Rafael se quedaron a cierta distancia. Al cabo de un rato, Elia salió del sendero.
—Habíamos quedado en que el poema era privado —dijo Isolda—. Lo copié sin preguntarte. Lo siento.
No añadió que era bonito ni que otros habían disfrutado leyéndolo. Elia ya sabía esas cosas; no cambiaban lo acordado.
—Era algo mío —respondió—. Quería elegir cuándo enseñarlo.
Isolda asintió. Le preguntó qué podía hacer ahora.
Elia pidió que retiraran cualquier copia de la fiesta y que no explicaran su historia a nadie más. Kiwi ayudó a localizar los puestos donde habían llevado el papel y Rafael avisó a la organización.
Al terminar, Isolda regresó al banco y contó únicamente lo que habían retirado.
—Gracias —dijo Elia—. Todavía estoy enfadada. Pero me alegra que me hayas escuchado.
No se abrazaron de inmediato ni prometieron olvidarlo todo. Caminaron un tramo juntas hasta la salida. Allí Elia se despidió, y esta vez Isolda no intentó decidir por ella cuándo volverían a hablar.
Este cuento tiene 4 finales posibles. ¿Los has descubierto todos?
Tu camino
- Preguntar por Elia junto al sendero
- Esperar a que Elia quiera conversar
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