El jardín encantado de las luces
El jardín encantado de las luces
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El jardín encantado de las luces

Cada tarde, el agua de la fuente cantarina recorría los pequeños canales del jardín y encendía las flores a su paso. Pero aquella tarde, después de un fuerte vendaval, las flores seguían apagadas. Desde la entrada apenas se oía una nota: «Tin… tin…».

Unicornio acercó su cuerno dorado a una margarita. La flor se iluminó un instante y volvió a oscurecerse.

—Mi luz no basta —dijo—. Algo le pasa a la fuente.

Ángel levantó el vuelo para mirar por encima del seto. Fénix se quedó junto a Unicornio; el suave calor de sus plumas les quitaba el frío.

—Veo dos caminos —anunció Ángel al bajar—. Esa puerta lleva directamente a la fuente. El sendero de hojas llega al estanque que le manda el agua.

Unicornio recordó las canciones que solían cantar junto a la fuente. A veces, el agua respondía dando saltitos al compás. Ahora su voz sonaba tan bajita que costaba escucharla.

—Podemos acercarnos y probar nuestra canción —propuso Fénix.

—O seguir el agua desde el estanque para averiguar qué ha pasado —dijo Ángel.

Los tres se reunieron ante los dos caminos. Querían que las flores volvieran a brillar antes de que anocheciera. ¿Por dónde empezarían?

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¿Qué camino eliges?

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