La cueva de Perla
La boca de la cueva olía a sal y a algas. Marina encendió la linterna. En la pared había marcas talladas a cuchillo: rayas de marea, una flecha, un nombre que empezaba por D.
Al fondo, sobre una viga, había una lora gris con las plumas ralas. Se llamaba Perla y era muy vieja. Repetía frases de su capitana, que la había dejado allí con comida y agua de lluvia treinta años atrás.
—Dos frases dejó mi capitana —dijo Perla—. Para quien entra con un amigo, la puerta del agua. Para quien tiene miedo, la salida del respiradero. Las dos están bien. Las dos son suyas.
Marina miró la puerta del agua: una compuerta de madera con una rueda, al final de un canal que ya empezaba a llenarse. Miró el respiradero: un hueco en el techo con asideros de cuerda, por donde entraba luz.
Pipo tenía las plumas erizadas y no lo escondía. Marina tenía la mano fría en la linterna. Podían decirle a Perla que venían juntos o decirle que tenían miedo. Perla esperaba, sin prisa.
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