Cuarenta y tres nombres
Uriel puso la mano sobre la estela.
—Revoco la orden de cierre. Los ocupantes no fueron evacuados. Murieron bajo mi custodia.
La firma blanca se volvió roja, pero la piedra no se abrió. Draven señaló la segunda línea de la cláusula.
—Faltan los nombres.
Nix empezó por la mujer que había contado a los niños. Uriel repitió su nombre y una letra nueva apareció en la superficie. Siguieron con un carpintero, dos hermanas, un hombre que había llevado su perro hasta la entrada y lo había dejado escapar antes del cierre.
A medida que avanzaban, el ruido bajo el campo disminuía. Draven sostuvo la lámpara cerca de la piedra para que Uriel pudiera comprobar cada palabra.
Al llegar al último nombre, el ángel se detuvo.
—Nix. Mensajero de la guardia. Su aviso llegó a mis manos antes de que ordenara cerrar.
La estela se partió por la firma. En la cámara inferior, la máscara cayó al suelo sin romperse: ya no tenía ninguna orden que mantener. Del interior subió una corriente de aire tibio y la hierba blanca recuperó su color.
Nix miró sus manos. Se estaban haciendo transparentes.
—Lleva la piedra contigo —pidió.
Uriel prometió hacerlo. Esta vez esperó a que el mensajero desapareciera antes de moverse.
Los dos hombres llegaron a Valdara al amanecer, cargando el fragmento donde habían quedado escritos los nombres y la revocación. Lo depositaron ante el consejo. Uriel entregó su espada y Draven explicó cómo había fijado el sello.
Fueron encerrados en habitaciones distintas, con ventanas abiertas hacia la plaza. A mediodía empezaron a llegar familiares para leer la piedra.
Draven oyó llorar a alguien. Ninguna voz salió de las tuberías para consolarlo. El refugio estaba vacío, los muertos habían partido y todo lo que quedaba por responder pertenecía a los vivos.
Este cuento tiene 4 finales posibles. ¿Los has descubierto todos?
Tu camino
- Examinar con Uriel la orden grabada en la estela
- Revocar la orden y reconocer públicamente a los muertos
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