La orden de los vivos
Uriel apartó la hierba de la estela. Su nombre apareció bajo una fecha y una orden breve: «Mantener cerrada la compuerta hasta que todos los ocupantes hayan sido puestos a salvo».
—El informe decía que ya no quedaba nadie —murmuró.
Nix se colocó al otro lado de la piedra.
—Mi último mensaje decía que faltaban cuarenta y tres. Lo leíste delante de mí.
El ángel pasó un dedo por su firma. Debajo había dos cláusulas de emergencia. La primera permitía sustituir a los cautivos por un custodio voluntario de la autoridad que los había retenido. Ese custodio permanecería en el refugio sin término de servicio. La segunda permitía revocar la orden, pero exigía leer en voz alta los nombres de todos los ocupantes y reconocer que habían muerto bajo custodia.
—Tengo sus nombres —dijo Nix—. Los repetíamos para no perderlos.
Uriel intentó recordar el último mensaje del mensajero. Lo recordó entero. También recordó haberlo guardado bajo otros papeles para no detener la evacuación del barrio alto.
Draven examinó el borde de la estela. La firma del capitán seguía encendida con una tenue luz blanca.
—Todavía te obedece. Si la revocas correctamente, el sello de abajo se deshará sin enviar los ecos a las cisternas.
Uriel apoyó la espalda contra la piedra. Podía ocupar el lugar de los muertos y liberarlos sin revelar lo ocurrido. O podía cancelar su orden, dejar constancia de cada nombre y regresar a Valdara como responsable, no como salvador.
El cielo estaba completamente oscuro. De la grieta llegó el ruido de cuarenta y tres personas respirando a la vez.
¿Qué camino eliges?
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