La colina de los nombres borrados
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La colina de los nombres borrados
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La colina de los nombres borrados

Cada aniversario, el pueblo dejaba flores al pie de la colina y agradecía al antiguo alcalde que hubiera salvado el valle de la inundación. Aquella mañana, Mara, la cebra que cuidaba el archivo, encontró una factura que no encajaba con el monumento: la compuerta se había cerrado por orden del mismo alcalde, dejando el barrio bajo al otro lado del agua.

No bastaba una factura para reconstruir una noche. Mara pidió al zorro Silas, maestro de la escuela, que la acompañara a buscar el registro de la presa. Alba, un águila cuyas plumas daban luz, se ofreció a iluminar los túneles. La presa, abandonada desde hacía décadas, se abría cada tarde para desaguar y quedaba inaccesible al anochecer.

Silas reconoció la firma al instante. El alcalde había sido su padre. Guardó silencio durante tanto rato que Mara estuvo a punto de ofrecerse a ir sin él. —Yo enseñé esa versión a tres generaciones —dijo por fin—. Necesito saber qué ocurrió.

El camino se dividía junto a una caseta hundida. A la izquierda estaban los antiguos dormitorios de los trabajadores. A la derecha, una escalera subía hasta la oficina de compuertas, donde todavía vivía el lobo que había custodiado la presa. Alba iluminó ambos senderos. Esta vez, Silas esperó a que los tres decidieran.

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¿Qué camino eliges?

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