El relevo del capitán
Uriel apoyó su palma sobre la firma antigua.
—Asumo la custodia. Sin relevo y sin término de servicio.
Las letras de la estela se hundieron en la piedra. Abajo, la compuerta se abrió lo justo para dejar pasar una línea de luz. Uriel sintió que algo tiraba de su sombra hacia la escalera.
Draven leyó de nuevo la cláusula. No había una condición escondida que permitiera recuperarlo después.
—Cuando bajes, no podré sacarte.
—Lo sé.
Uriel dejó su espada sobre la hierba y descendió. Al cruzar la puerta se extinguió la luz de sus alas. La cámara quedó iluminada únicamente por la abertura.
Los muertos salieron de uno en uno. No eran sombras deformes: tenían manos, ropa, rostros que Draven había logrado no recordar. Nix los nombraba desde el umbral y el hechicero anotaba cada nombre en su libreta. Pasaron junto a él sin detenerse.
Nix fue el último. Miró a Uriel desde el umbral.
—No voy a darte las gracias por abrir una puerta que tú cerraste.
El capitán inclinó la cabeza.
Nix subió a la superficie y desapareció cuando pisó la hierba. La compuerta se cerró detrás de él. Las voces dejaron de viajar hacia Valdara y el suelo volvió a quedar inmóvil.
Draven regresó con la espada. El consejo quiso levantar una estatua al capitán que había librado a la ciudad de los ecos. Durante la reunión, el hechicero puso el arma sobre la mesa y contó a quiénes había encontrado en el refugio.
La estatua no se construyó. En su lugar colocaron cuarenta y tres piedras con los nombres que Draven había oído decir a Nix.
Bajo ellas, Uriel cumplía su guardia. Nadie lo acompañaba; ya no quedaba un solo cautivo al que vigilar.
Este cuento tiene 4 finales posibles. ¿Los has descubierto todos?
Tu camino
- Examinar con Uriel la orden grabada en la estela
- Sustituir a los cautivos: Uriel será el custodio permanente
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