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Isla del Respeto y la nave del muelle
La isla se llamaba Respeto por un barco, no por una virtud. El Respeto era el mercante que encalló frente al puerto en 1911, y con sus cuadernas se levantó la nave del muelle: cuarenta metros de techo, la única superficie cubierta de la isla que no era una casa ni una iglesia.
Darío y Teo, diecisiete años, llevaban desde junio las tardes del local de juventud. Darío escuchaba más de lo que hablaba y solía saber qué le pasaba a alguien antes de que lo dijera. Teo organizaba: horarios, listas, quién trae qué. Los dos habían crecido en la nave: Darío con la tabla, Teo con una guitarra prestada.
La noche anterior, en la nave, la banda y los patinadores habían acabado a gritos. Alguien había empujado la rampa contra el equipo de la banda y un altavoz había caído al suelo. Nadie sabía, o nadie decía, quién.
La concejala llamó al local por la mañana: si en dos semanas, antes de la fiesta, no había un acuerdo, cerraría la nave a todo el mundo y pondría un candado. Se lo dijo a Darío y a Teo porque conocían a las dos partes. Esa era también la razón por la que ninguna de las dos partes iba a tratarlos como neutrales.
Podían ir a la nave esa misma tarde, cuando estuvieran todos, y meterse en la discusión. O podían citar a los dos grupos en el local, con reglas, y hablar sin la rampa ni los amplificadores delante.
¿Qué camino eliges?
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