En la nave, esa misma tarde
A las seis, la nave olía a lluvia y a resina. Iria, que llevaba a los patinadores desde que construyeron la rampa con palés, estaba sentada encima de ella. Ona, la cantante de la banda, tenía el altavoz roto a los pies, como una prueba.
Darío no preguntó quién había sido. Preguntó cuántas horas a la semana usaba la nave cada grupo. Iria dijo que todas las que llovía. Ona dijo que de seis a ocho, tres tardes, hasta la fiesta. Nadie había sumado hasta entonces: la nave sobraba casi siempre, salvo entre las seis y las ocho.
Teo propuso que cada grupo dijera algo que necesitaba del otro, no algo que le molestaba. Marcos, un patinador que no había abierto la boca, dijo que necesitaba que la banda avisara antes de sacar los cables, porque ya se había caído dos veces con ellos. Ona dijo que necesitaba que nadie pasara rodando entre ellos mientras tocaban.
Por un momento pareció que iba a bastar. Después Ona preguntó por el altavoz, y Marcos miró al suelo, y la nave volvió a llenarse de voces.
Darío miró a Teo. Podían seguir con la mediación hasta cerrar un horario aquella misma tarde, aunque lo del altavoz quedara sin resolver. O podían proponer otra cosa: que cada grupo probara una tarde el sitio del otro, la banda en la rampa y los patinadores en el ensayo, antes de firmar nada.
¿Qué camino eliges?
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