La tarde cambiada
El jueves, la banda subió a la rampa. Ona se cayó dos veces antes de llegar a la mitad y la segunda se quedó sentada, riéndose, con la rodilla raspada. El batería resultó saber patinar: nadie lo había preguntado en tres años.
El sábado, los patinadores se sentaron en el ensayo. Iria aguantó veinte minutos con cara de estar en el dentista. Marcos, el que había empujado la rampa, pidió el bajo en un descanso y tocó una línea que la banda llevaba semanas sin conseguir.
Ninguna de las dos tardes arregló el altavoz. Ona seguía creyendo que Marcos lo había roto; Marcos seguía diciendo que no. Pero el domingo, sin que Darío ni Teo estuvieran, Iria propuso probar una cosa: que la banda tocara mientras ellos patinaban, una tarde a la semana, con los cables pegados al suelo con cinta.
La primera vez sonó fatal y nadie se cayó. La segunda, Ona cambió el orden de las canciones para que la rápida coincidiera con la parte alta de la rampa. En la fiesta tocaron en la nave, con la rampa de escenario y los patinadores entrando y saliendo por los lados.
El altavoz lo pagó el local, con una nota de Teo en el registro: «Nadie lo reconoció. Lo pagamos porque hacía falta, no porque sepamos quién fue». A Darío le pareció la frase más honesta que habían escrito en todo el verano.
Este cuento tiene 4 finales posibles. ¿Los has descubierto todos?
Tu camino
- Ir a la nave esa misma tarde y entrar en la discusión
- Proponer que cada grupo pruebe el sitio del otro
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