La última campanada de Villa Bruma
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La última campanada de Villa Bruma
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La última campanada de Villa Bruma

La voz de Esteban Rivas llegó desde la galería cuando el reloj del salón dio las diez y cuarto.

—Por el puente que estrenaremos el lunes. Y por quienes han sabido esperar.

Algunos invitados levantaron sus copas. Tú dejaste la tuya sobre la mesa. Te llamas Mara Salcedo, eres investigadora y Esteban te había citado en Villa Bruma para hablar de las cuentas de su fundación. Una tormenta azotaba los ventanales; en el cabo, el faro aparecía y desaparecía detrás de la lluvia.

Cinco minutos después, Celia Roldán, la secretaria, abrió la puerta del despacho y gritó. Encontraste a Esteban muerto junto a su escritorio. La doctora Vera Ortiz confirmó que había sufrido un golpe en la cabeza. No describió una hora exacta. Ordenaste que nadie moviera nada y pediste que llamaran a la policía del puerto.

El reloj de sobremesa estaba detenido a las diez y cuarto. La ventana permanecía cerrada por dentro, pero la puerta del despacho no tenía llave: cualquiera de los presentes había podido entrar. No era un cuarto imposible. Solo parecía ofrecer una hora demasiado cómoda.

Abel Varela, administrador de la fundación, estaba contigo en el salón cuando sonó la voz. Inés, sobrina de Esteban, había discutido con él antes de cenar y no apareció en el brindis. Celia sostenía un sobre arrugado y repetía que había ido al despacho a entregar una carta.

La policía tardaría en llegar por la carretera anegada. La doctora se quedó junto a la puerta para preservar la habitación; los invitados esperaron en el salón. Tenías tiempo para una primera línea de investigación antes de decidir qué señalarías a los agentes.

Elige qué comprobar primero. En Villa Bruma, oír una voz no siempre significa haber oído a una persona viva.

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¿Qué camino eliges?

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