El despacho a las diez y cuarto
Cuentos de Misterio 18 años o más
La última campanada de Villa Bruma
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El despacho a las diez y cuarto

Fotografiaste el escritorio sin tocarlo. Sobre el polvo había un rectángulo limpio: faltaba el pequeño faro de bronce que aparecía en un retrato de la habitación. La doctora señaló un objeto bajo la cortina. Era el faro; lo dejaste donde estaba para que lo recogieran los agentes.

El cristal del reloj de sobremesa no estaba roto. Su portezuela frontal había quedado entornada y las agujas podían alcanzarse desde allí. Nada demostraba que el golpe mortal lo hubiera detenido.

En cambio, el reloj de pulsera de Esteban tenía el cristal dañado y marcaba las nueve y cincuenta y seis. La doctora fue prudente: podía haberse roto durante la agresión, pero una esfera detenida no bastaba para fijar la hora de una muerte.

Junto a los libros encontraste un inventario de los discos de la casa. La última entrada decía «Brindis de la inauguración del puente». A través de la puerta abierta se veía el gramófono de la galería.

También había un cuaderno de cuentas con una hoja arrancada y una nota escrita por Esteban: «Mara: compara los justificantes con los originales. A. V. debe explicar la diferencia».

Podías seguir la contradicción entre los relojes y averiguar qué había sonado realmente a las diez y cuarto. O examinar las cuentas para entender por qué Esteban te había llamado. Fotografiaste ambas pistas antes de salir; ninguna iba a desaparecer porque eligieras estudiar la otra.

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¿Qué camino eliges?

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