La voz que venía de otro día
Cuentos de Misterio 18 años o más
La última campanada de Villa Bruma
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La voz que venía de otro día

El inventario indicaba que el brindis se había grabado tres semanas antes, durante una cena previa a la inauguración del puente. En la biblioteca encontraste el periódico que anunciaba su apertura al día siguiente de aquella cena. El puente ya llevaba semanas en uso.

La frase que acababas de oír —«el puente que estrenaremos el lunes»— pertenecía, por tanto, a otro día. Pediste a Celia que te mostrara qué disco había sobre el gramófono. No lo retiraste: la etiqueta coincidía con la del inventario.

Celia acabó admitiendo que había puesto el disco a las diez y cuarto. Abel se lo había entregado a las diez en punto con el encargo de preparar «el saludo del señor» mientras Esteban acababa un trabajo. Ella creyó que el dueño lo había autorizado. Después, asustada por el hallazgo, había preferido callarse.

La cocinera confirmó un ruido seco procedente del despacho cerca de las nueve y cincuenta y seis: acababa de anotar una hornada en su libreta. No había visto al agresor. El dato coincidía con el reloj de pulsera, aunque ninguna de esas dos pistas identificaba por sí sola a alguien.

Abel había preparado la voz que lo situaba lejos del crimen a una hora posterior. Además, afirmaba llevar desde las nueve y cuarenta y cinco en un salón donde nadie lo había visto hasta las diez. La nota de Esteban sobre las cuentas seguía esperando en el escritorio.

Tenías motivos para pedir que se investigara a Abel y conservar el disco como parte del engaño. O podías seguir creyendo que el reloj de sobremesa fijaba la muerte a las diez y cuarto y centrar la acusación en Inés, ausente entonces. Las dos horas no podían recibir el mismo valor sin explicar sus diferencias.

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¿Qué camino eliges?

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