Lo que vio el Elefante
Tarun cerró los ojos, aunque no lo necesitaba. Contó lo que había visto al imaginar los pasos cerrados: las antorchas se detenían ante las piedras; alguien gritaba desde abajo; una piedra volaba desde arriba, lanzada por una mano joven; después, un resbalón en el hielo y un cuerpo cayendo por la pendiente. Ahí terminaba.
Con los pasos abiertos había visto otra cosa: las antorchas entraban en la terraza baja; la gente rodeaba los pozos; un grito, no supo de quién; y nada más. La visión se cortaba siempre en el primer grito.
—No sé cuál de las dos es peor —dijo—. Sé que las dos empiezan con miedo.
Adrián le preguntó qué había visto si bajaban a hablar. Tarun tardó en contestar.
—No lo he mirado. Nadie me lo había pedido.
Podían organizar la defensa de los pasos con la guardia del consejo, o bajar los dos al valle esa misma noche, sin escolta, y preguntar. Fuera cual fuera la decisión, la tomarían ellos; el consejo solo esperaba una respuesta.
¿Qué camino eliges?
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