El camino de bajada
Bajaron por el camino del acueducto, sin antorcha. Adrián iba delante porque conocía cada piedra; las había puesto él. A media cuesta, las antorchas del valle se apartaron para dejarlos pasar y volvieron a cerrarse detrás.
En un molino quemado los esperaba una mujer con una mano vendada. Dijo llamarse Sabela. Habló antes de que le preguntaran: el río se había secado en agosto; los pozos del valle daban agua salada; subían de noche porque de día la guardia de la ciudad disparaba flechas de aviso a cualquiera que se acercara al acueducto.
—No venimos a por la ciudad —dijo—. Venimos a por el agua que sale de ella.
Adrián ofreció construir un refugio con pozos en la terraza baja. Sabela se miró la mano vendada y luego lo miró a él.
—¿Y quién decide quién entra en lo que tú levantes?
Tarun no ofreció visiones. Preguntó cuántos eran y cuánta agua necesitaban al día. Sabela tenía las dos cifras. Mientras hablaban, en la montaña se encendieron luces a lo largo del paso: el consejo no había esperado al amanecer.
Podían subir con Sabela y dos personas del valle para hablar con el consejo antes de que se cerrara el paso, o volver corriendo ellos dos para detener el cierre y llamar después.
¿Qué camino eliges?
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