Los pasos cerrados
El consejo repartió lo que tenía: veinte guardias, sesenta vecinos con horcas y palas, y los dos protectores. Adrián levantó dos muros bajos en el paso de la terraza, uno detrás de otro, entre la medianoche y las tres. Al terminar tenía los labios blancos.
Tarun se colocó en el hueco entre los muros. Desde allí veía las antorchas subir la última cuesta y detenerse a veinte pasos.
Una mujer con una mano vendada se adelantó. Dijo llamarse Sabela y preguntó quién mandaba. Desde arriba, antes de que nadie contestara, salió una piedra. La lanzó un chico de la ciudad; pasó por encima de Sabela y rompió una antorcha.
Tarun vio los minutos siguientes: más piedras, un resbalón, alguien cayendo. Levantó la trompa y pidió silencio. Lo consiguió durante unos segundos.
Podían sostener la línea de los muros hasta el amanecer, con la guardia delante y Adrián deshaciendo cualquier tramo que amenazara con caer sobre alguien. O podían salir los dos por el hueco, sin armas, hasta donde estaba Sabela.
¿Qué camino eliges?
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