Un domingo en el cobertizo
En la playa, la cooperativa estaba descargando tablones para los tejados. Tula explicó que no buscaban materiales, sino un lugar seco donde volver a reunir al barrio los domingos.
La encargada les mostró un cobertizo vacío. Tenía suelo firme, una entrada ancha y espacio para las mesas. Podían usarlo hasta que se reparara el comedor, siempre que recogieran después.
Ciro fue de casa en casa para avisar. Paco y Tula llevaron las sillas de la cueva con ayuda de los vecinos. La cooperativa prestó una cocina portátil, que manejaron sus cocineros, y cada cual compartió lo que podía. Quienes no tenían comida también encontraron un plato.
El domingo llovió. Dentro del cobertizo, las gotas sobre el techo acompañaban las conversaciones. Paco dejó de contar cuántas cosas había traído cada persona y empezó a contar si quedaban sillas libres.
Cuando repararon el comedor, volvieron a él. En la puerta colocaron un cartel protegido de la lluvia y acordaron avisar en persona a quienes vivían más lejos. La primera olla en la cocina arreglada olió igual que antes. Las invitaciones, en cambio, llegaron mejor.
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