La montaña mágica y el ascensor dormido
La montaña mágica y el ascensor dormido
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La montaña mágica y el ascensor dormido

El ascensor de la montaña se había detenido entre dos pisos, vacío por suerte. Desde entonces, los vecinos del pueblo alto bajaban mil escalones para comprar pan y subían otros mil para volver a casa. Irene los contó el primer día. El segundo dejó de contar y empezó a dibujar.

Era una joven inventora, y las máquinas le gustaban más cuando servían para algo. Nova, su amiga y aprendiz de guerrera, la acompañó hasta el taller municipal. Allí, la maestra mecánica les encargó localizar la avería. Antes había bloqueado la cabina y desconectado las piedras mágicas que movían los engranajes. Nada podría arrancar mientras investigaban.

Les prestó un plano y una llave con dientes de bronce. —Si una pieza está rota, venís a buscarme. Si algo se ha desajustado, anotáis qué habéis hecho. Yo revisaré el ascensor antes de ponerlo en marcha.

El plano mostraba dos accesos: una puerta junto al motor y una galería que llegaba al contrapeso. Irene llevaba un cuaderno. Nova, acostumbrada a entrenar con escudo, llevaba una linterna y unas ganas enormes de usar su fuerza para algo que no fuera golpear.

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¿Qué camino eliges?

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