El testigo del aliviadero
El pato dejó la cesta al escuchar la pregunta. —No soy inmortal —dijo—. Solo he vivido lo suficiente para oír cómo una mentira se convierte en tradición.
Se llamaba Tobías. Aquella noche había transportado vecinos en una barca de mantenimiento. Conservaba un cuaderno con los nombres de quienes recogió y una copia de la orden que le entregó un operario antes de abrir a escondidas el aliviadero.
—El agua llegó desde la presa. No fue una crecida inesperada. Y quien abrió una salida fue una cuadrilla de obreros, no el alcalde.
Silas le contó que era hijo del hombre que había firmado. Tobías lo miró sin amabilidad, pero tampoco le retiró el cuaderno. —Entonces tendrás que corregir tus lecciones.
En el pueblo empezaban a probar los altavoces del homenaje. Con aquellos documentos podían interrumpirlo. O podían llevarlos al archivo y reunir antes a las familias, para que sus nombres no volvieran a aparecer en un relato que otros decidieran por ellas.
¿Qué camino eliges?
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