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La planicie de los espectros y los nombres borrados
Los espectros aparecían cada otoño sobre el camino de la sal. No perseguían a los viajeros: repetían una fila que avanzaba hacia una puerta inexistente y se detenía siempre en el mismo punto. El consejo había cerrado el paso y atribuido las apariciones a una maldición sin origen conocido.
Kessa llevaba una lista de desaparecidos que su madre había guardado durante treinta años. Su hermano estaba entre ellos. La arquera había contratado a Draven, antiguo escribiente del consejo, porque reconoció su firma en una orden de evacuación. Vorn, el dragón que había transportado soldados aquella noche, aceptó acompañarlos después de ver el documento.
Ninguno había contado todavía todo lo que sabía. Draven aseguró que el registro completo seguía en la vieja aduana, al otro lado de la planicie. Las sombras repetían el último trayecto de los desaparecidos; él podía leer los sellos que mantenían aquellas huellas atadas al lugar.
Al caer la noche, llegaron juntos al borde del camino. Kessa distinguió los postes de la calzada entre las figuras. Vorn vio desde una loma que el muro lateral de la aduana se había derrumbado.
Podían avanzar por la calzada y examinar el lugar donde se detenía la fila, o rodear la planicie hasta el muro caído. Kessa ajustó la correa del arco. Había venido a buscar pruebas, no otra explicación que terminara sin nombres.
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