El refugio de musgo
Olmo olfateó los mechones de musgo. Olían a tierra húmeda, igual que una de las galerías. Dio unos pasos por ella y encontró otro mechón enganchado en una piedra.
—Mamá llevó musgo para hacerme una cama cuando era muy pequeño —recordó Tilo.
Siguieron las pistas hasta un charco. Allí el rastro se interrumpía. Olmo se detuvo; no quería elegir una dirección sin estar seguro.
Alba levantó a Tilo para que pudiera mirar por encima de la roca.
—¿Reconoces algo?
El murciélago señaló un cristal doblado que parecía una cuchara.
—¡Ese! Siempre lo veo al salir de casa.
Duna pasó por encima del charco. Al otro lado descubrió un tramo seco y una sala con musgo en las grietas. Volvió para guiarlos por el borde, sin mojarse.
Antes de entrar, Tilo hizo sus tres silbidos. Su madre salió de la sala y lo recibió sobre una piedra ancha.
—Mira, mamá. ¡He encontrado la cuchara desde abajo!
Ella le rozó la frente con el hocico y dio las gracias a sus acompañantes. Olmo miró el cristal y ladeó la cabeza.
—Yo pensaba que parecía una zanahoria torcida.
Tilo soltó una risita. Mientras los amigos regresaban por sus propias huellas, él se acomodó junto a su madre. Desde su rincón, la cuchara de cristal brillaba como una estrella conocida.
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Tu camino
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