El deseo que dejó huellas
Duna dejó caer su último pellizco de polvo sobre las alas de Tilo.
—Deseo ver por dónde volaste al salir de casa.
Una línea plateada apareció en el aire. Daba dos vueltas cerca de la entrada, seguía a una polilla imaginaria y se internaba por la galería de la derecha.
—Creo que di demasiadas vueltas —admitió Tilo.
Alba sonrió y caminó bajo la línea. Olmo fue fijándose en las señales del suelo: una roca redonda, tres cristales juntos, una curva junto a una pared blanca.
La luz empezó a apagarse antes de llegar al final.
—Hasta aquí dura el deseo —dijo Duna, mostrando su bolsa vacía.
Habían visto la última parte del rastro doblar detrás de la pared blanca. Olmo señaló la curva que acababa de recordar. Los tres avanzaron hasta allí y encontraron una pequeña sala.
Tilo reconoció a su madre colgada de una grieta. La llamó con sus tres silbidos y ella bajó enseguida.
—¡Estás aquí! —exclamó, envolviéndolo con un ala.
La madre escuchó la aventura y luego enseñó a los amigos el camino de regreso. Tilo los acompañó volando a su lado, esta vez sin perseguir polillas.
En la entrada, Duna sacudió su bolsita: no quedaba ni una chispa. Tilo le dio las gracias desde el ala de su madre. El último deseo había llegado justo donde hacía falta.
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Tu camino
- Pedir a Duna que revele el vuelo de Tilo
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