Tres silbidos en la oscuridad
La cueva de las estrellas
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Tres silbidos en la oscuridad

Alba silbó tres veces. La cueva respondió con los mismos sonidos, cada vez más bajitos.

—Ese soy yo, pero muy lejos —dijo Tilo.

—Es el eco —explicó la reina—. Vamos a escuchar después de que termine.

Todos guardaron silencio. Cuando el último silbido se apagó, llegó otro sonido desde la galería del centro: dos notas largas.

Tilo se incorporó sobre el hombro de Alba.

—¡Mamá contesta así!

Avanzaron por la galería. Duna volaba cerca del suelo para señalar las piedras y Olmo caminaba detrás. En cada curva, Alba repetía los silbidos y esperaba la respuesta.

Por fin llegaron a una sala de techo bajo. Un murciélago grande descendió hasta una roca frente a ellos.

—¡Tilo! Te he buscado por todas partes.

El pequeño extendió las alas y voló la corta distancia que lo separaba de su madre. Ella lo envolvió unos instantes antes de revisar que no se hubiera lastimado.

—Solo tengo hambre —confesó él.

Alba se rio y se puso el sombrero. Esta vez estaba vacío.

La madre los acompañó hasta la entrada para enseñarles el regreso. Después volvió junto a Tilo. Los amigos salieron bajo el cielo estrellado, mientras dentro de la cueva sonaban dos silbidos largos y tres pequeños, muy cerca unos de otros.

¡Fin!

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Tu camino

  1. Imitar la llamada de Tilo y escuchar la respuesta
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