Las sombras que cantaban
En la entrada de la cueva, las paredes parecían llenas de sirenas. Teo contó cinco siluetas, luego siete. Iris movió una rama y todas se movieron también: ¡eran sombras de hojas!
Coral estaba sentada en una poza interior, conectada con el mar por un canal. Su voz rebotaba en las paredes. Cuando el eco respondía, ella se quedaba callada.
—Mi coro no llega hasta mañana —explicó—. Confundí la fecha de la invitación. He intentado cantar sola, pero el eco me hace perder el sitio.
—Podemos escucharte fuera, donde no hay eco —propuso Iris.
Teo vio junto a la poza un juego de conchas de distintos tamaños. También podían preparar un acompañamiento sencillo. Coral sonrió un poquito. Ya no tenía que fingir que todo estaba listo.
¿Qué camino eliges?
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