La boca de la máscara
Draven bajó primero. Uriel lo siguió con la lámpara y Nix atravesó los peldaños rotos sin hacer ruido. Al fondo del refugio encontraron una máscara de hierro atornillada a la compuerta.
Sus labios se movían. Cada vez que intentaban pronunciar una palabra, la grieta entre las cejas se ensanchaba.
Draven apoyó los dedos en el metal. Recordó con precisión las instrucciones que él mismo había grabado: mientras una voz viva respondiera por el cierre, la máscara podía conservarse. Su primer conjuro había usado una orden escrita. Ahora necesitaba a alguien presente, alguien que la sostuviera desde dentro.
—Puedo ocupar su lugar —dijo—. Mi cuerpo seguirá vivo aquí. No podré abandonar la cámara ni volver a hablar fuera de la máscara.
—Y nosotros seguiremos encerrados —señaló Nix.
Draven asintió. No intentó llamarlo reparación.
Uriel levantó la lámpara hacia tres conductos que salían del techo. Dos llevaban a las cisternas. El tercero, de cobre, alcanzaba la campana con la que antiguamente se avisaba de las crecidas.
—También podemos darles una salida distinta —dijo Draven—. Cerraré el paso a las cisternas y abriré el de la campana. Lo que guarda la máscara se oirá en toda Valdara. Cuando no quede ningún recuerdo dentro, la romperemos vacía.
Nix tocó el borde de hierro. Por un instante sonó un puño golpeando una puerta desde el otro lado.
—No escucharéis solo el agua —advirtió—. También vuestras voces. Las últimas cosas que dijisteis antes de iros.
Desde arriba llegó el primer toque de las once. Uriel sostuvo la lámpara sin decir nada. Draven podía convertirse en guardián del silencio o abrir una salida que haría imposible conservar el relato oficial.
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