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Campos de los ecos: pactos entre sombras
La primera voz salió del desagüe de una cocina. Pidió que abrieran la puerta. Al día siguiente, todas las casas de Valdara oyeron la misma súplica, siempre a las nueve de la noche.
Draven reconoció la voz de una mujer a la que había prometido volver. Preparó su equipaje antes de que llegara la orden de Uriel.
Se encontraron al atardecer en los Campos de los Ecos, donde la hierba crecía blanca sobre un refugio enterrado. Veinte años atrás, una riada había amenazado Valdara. Uriel, capitán de la guardia alada, ordenó cerrar la compuerta del refugio para desviar el agua lejos de la ciudad. Draven fijó el cierre con un conjuro. El informe oficial aseguraba que todos habían sido evacuados.
Nix los esperaba junto a la entrada. Había llevado a Uriel el último aviso del refugio y después había regresado para ayudar a salir a los rezagados. Conservaba el aspecto del mensajero que había sido, salvo por el agua que le atravesaba la ropa sin llegar al suelo.
—Cuarenta y tres —dijo—. Incluido yo.
Uriel no bajó la mirada.
—El sello está fallando. Esta noche las voces alcanzarán las cisternas. Ayer un niño siguió a una mujer que nadie más veía y casi cayó a un pozo.
—No son voces inventadas —respondió Nix—. Son personas buscando una salida.
Una fisura atravesaba la piedra de entrada. Con cada latido que surgía de abajo, se desprendía un poco de polvo.
Draven recordó dos partes de su conjuro. La máscara del silencio, instalada en la sala inferior, retenía los recuerdos de los muertos. En la superficie, una estela con la orden de Uriel los mantenía bajo custodia militar. Al romperse la máscara a medianoche, la estela conduciría los ecos hacia la ciudad, por los antiguos canales de agua.
Podían bajar y actuar sobre la máscara antes de que cediera. También podían examinar la orden: Uriel había firmado el encierro y conservaba autoridad sobre él.
Nix se apartó de la entrada. Esta vez, permanecería junto a ellos hasta saber qué puerta pensaban abrir.
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