El ojo de la tarde
Esperaron hasta que la sombra del álamo tocó el agua. Nimbo se colocó junto al poste y siguió con la vista la dirección de la franja dorada. Terminaba en un punto brillante de la gruta: el «ojo» del que hablaba la inscripción.
Taro llamó al encargado del embarcadero. El hombre confirmó que era un espejo de latón, colocado años atrás para señalar la curva a las barcas. La concha indicaba los postes desde los que podía verse bien.
Lira observó el río unos minutos más. El sol bajó, la luz dejó de alcanzar el espejo y el supuesto tesoro desapareció a su hora habitual. Ahora podían explicar también por qué no brillaba por la mañana.
Nimbo preparó un dibujo con el álamo, el espejo y el agua. Lo mostraron en la plaza antes de que los vecinos organizaran la excavación. Varios quisieron acompañarlos a comprobarlo la tarde siguiente.
Las palas se usaron al final para arreglar un parterre del pueblo. En el río, los juncos siguieron en su sitio. Cada atardecer, el disco de latón continuó enviando su franja dorada, como una carta antigua que por fin alguien había aprendido a leer.
Este cuento tiene 4 finales posibles. ¿Los has descubierto todos?
Tu camino
- Examinar el poste marcado con una concha
- Esperar a que la sombra del álamo toque el agua
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