La catarata del crepúsculo
La catarata del crepúsculo
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La catarata del crepúsculo

Eira llevaba una caja de semillas dentro de su bolsa impermeable. Eran las últimas recogidas antes del invierno y debían llegar al vivero del valle al día siguiente, antes del mediodía.

La acompañaban Orio, un guardián del tiempo con un reloj de arena, y Silo, un zorro que se movía sin ruido entre las sombras. Orio podía medir incluso las pausas más pequeñas; no podía detener un río ni hacer retroceder un día.

Al llegar a la Catarata del Crepúsculo encontraron el puente cubierto por una cortina de agua. Cada poco tiempo, la cascada cambiaba de dirección y dejaba ver parte de los peldaños.

—No cruzaremos calculándolo a ojo —dijo Orio.

Junto a la orilla había una piedra lunar con dibujos de ruedas y gotas. Más allá, una campanilla permitía llamar al guardián del paso. Un cartel indicaba que también existía una ruta alta.

Todavía quedaban horas hasta la noche. Podían estudiar el mecanismo de la piedra o pedir al guardián que les mostrara los otros caminos.

Eira comprobó que la caja estuviera bien cerrada. En el vivero los esperaban con tierra preparada; su trabajo era llevar las semillas hasta allí, no demostrar quién cruzaba más deprisa.

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¿Qué camino eliges?

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