La tregua
Lo que ocurrió después de la primera piedra no tuvo forma de batalla ni de conversación: hubo empujones, piedras sueltas y gritos hasta que se acabaron las fuerzas. Al amanecer nadie había ganado nada. Tarun seguía en el hueco, con una oreja rasgada. Adrián estaba sentado contra lo que quedaba de piedra, con los ojos abiertos y sin ver bien.
Sabela y el capitán de la guardia hablaron a diez pasos uno del otro, sin acercarse más. El consejo, desde la muralla vieja, aceptó lo mínimo: la gente del valle podría subir de día, en grupos de veinte, a llenar cántaros en los pozos de la terraza baja, bajo guardia, y bajaría antes del anochecer. Nada de tierras, nada de techo, nada de nombres en un papel.
Los heridos de cada lado se curaron en cada lado. Nadie pidió perdón. Un chico de la ciudad devolvió una antorcha rota a una mujer del valle, que la cogió sin decir nada.
Tarun no volvió a ofrecer lo que veía. En la ciudad no volvieron a pedírselo. Adrián dejó la piedra donde estaba, con sus grietas; le pareció que arreglarla sería mentir sobre lo que había pasado allí.
Durante el invierno, la fila de cántaros subió cada mañana y bajó cada tarde. Cuando llegó la primavera y el río del valle siguió seco, todo estaba otra vez por decidir. Esta vez, al menos, las dos partes sabían el nombre de la otra.
Este cuento tiene 2 finales posibles. ¿Los has descubierto todos?
Tu camino
- Escuchar lo que ha visto Tarun
- Preparar antes la defensa de los pasos
- Ceder al consejo y defender la obra
- Mantener la línea hasta el amanecer
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