Tres noches de obra
La primera noche, Adrián levantó los muros: una nave de cuarenta pasos con las puertas abiertas a los dos lados. La segunda, el tejado. Durmió dos horas entre una y otra, sentado. Tarun le llevaba agua y le sostenía la cabeza cuando se le caía.
La tercera noche empezó los pozos. Abrió dos bocas en la roca y trazó los canales desde el acueducto. Cuando el agua llegó al primero, no pudo levantarse. Tarun lo sacó con la trompa y lo dejó apoyado en la puerta.
Las antorchas llegaron esa misma noche, antes de que el segundo pozo diera agua. Se detuvieron ante la nave. Una mujer con una mano vendada, que dijo llamarse Sabela, preguntó qué era aquello.
Detrás, en la muralla vieja, el consejo también había visto la nave terminada. Un edificio con muros y pozos, dijeron, era un fuerte, se llamara como se llamara. Mandaron a la guardia a ocuparlo y cerrar las puertas.
Adrián no podía levantar ni una tapia más. Tarun vio los minutos siguientes de las dos cosas: si abrían, la gente del valle entraba y rodeaba el pozo; si cerraban, la guardia y las antorchas se encontraban en la puerta. Las dos visiones terminaban en un grito.
Podían abrir las dos puertas de la nave a la gente del valle antes de que llegara la guardia, o ceder al consejo y defender la obra desde dentro.
¿Qué camino eliges?
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