Un pacto que puede revocarse
Mara se acercó a la compuerta. Ardor esperó sobre una roca distante. El gigante pidió el sello negro, tributos y obediencia; ella rechazó entregar un poder que después no podrían retirar.
—Podemos reconocer tu refugio en la ladera norte —propuso—. Nadie entrará a molestarte. A cambio, el canal queda abierto y la llave permanece en la casa del agua.
Umbra se rio. Su sombra se alargó sobre los pies de Mara. Ella sintió miedo y no intentó fingir lo contrario: dejó por escrito las condiciones y aguardó.
El gigante miró a Ardor, luego a los vecinos que esperaban con materiales para intervenir. Conservar un refugio reconocido le ofrecía algo que otro enfrentamiento no garantizaba. Finalmente abrió la compuerta y entregó la llave.
La asamblea ratificó un acuerdo de un año, revisable cada mes. Dos personas comprobarían diariamente el caudal; cualquier cierre anularía la protección del refugio. El sello negro permaneció guardado.
Cuando el agua alcanzó la cisterna, nadie declaró que Umbra se hubiera vuelto bondadoso. Mara colgó el calendario de inspecciones junto al pacto. La convivencia empezaba con obligaciones visibles y una puerta que el pueblo podía abrir por sí mismo.
Este cuento tiene 4 finales posibles. ¿Los has descubierto todos?
Tu camino
- Preparar una respuesta con Ardor
- Negociar un acuerdo con límites
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