Ruinas del Abismo: la ciudad que tenía un precio
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Ruinas del Abismo: la ciudad que tenía un precio
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Ruinas del Abismo: la ciudad que tenía un precio

En el centro de las ruinas seguía funcionando una máquina que no necesitaba combustible. Alaric había levantado con ella siete ciudades, borrado las marcas de tres guerras y construido una capital donde nunca llovía sobre las avenidas de mármol. Sus ministros la llamaban el Telar.

Seraphine había diseñado el primer modelo. Entonces creía que creaba materia. Tardó años en comprender que la desplazaba: cada edificio nuevo aparecía a costa de algo que desaparecía en otro mundo. Un jardín podía consumir un bosque; una muralla, las casas de una costa que nadie en la capital sabía nombrar.

Las ruinas eran el lugar donde terminaban las cosas que el Telar no conseguía utilizar. Seraphine había reunido allí ventanas, juguetes y fragmentos de cartas. Alaric llegó a buscarla cuando ella cortó la alimentación de los nuevos proyectos.

—Conozco el precio —dijo él al ver la colección—. También conozco lo que sucederá si dejo de construir.

El Telar no sostenía los edificios terminados: apagándolo no caerían. Lo que Alaric perdería era la capacidad de prometer una solución inmediata a cada provincia que amenazaba con rebelarse. Seraphine había venido a desmontarlo. Él, a recuperar el mando.

Podían disputar el control de la máquina o detenerse a examinar las pruebas. Ninguno llegaba limpio a aquella conversación. Bajo varios juguetes rotos estaba la firma de Seraphine, grabada en las piezas del primer prototipo.

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¿Qué camino eliges?

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