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El jardín de las sombras prestadas
Inés había custodiado el jardín durante once años sin preguntar por qué las flores se cerraban cuando alguien decía su nombre. Su maestro le había enseñado a podarlas al amanecer, a no tocar las raíces y a registrar como donaciones las sombras que llegaban en frascos negros.
Aquella noche, una flor habló con la voz de su hermana. Inés reconoció una frase que Elena repetía de niña cuando se quedaba a oscuras. Elena seguía viva en la ciudad, incapaz desde hacía meses de sentir miedo, incluso ante peligros que antes habría evitado. Nunca había visitado el jardín.
Inés convocó al Maestro del Terror, que había construido aquel lugar, y a Varo, el dragón del abismo que calentaba los invernaderos. Al oír la voz, Varo retiró el fuego de las calderas. El jardín reaccionó: las raíces cerraron la verja y una cuarta sombra se levantó detrás de los tres.
—Lo alimentamos con miedo ajeno —admitió el maestro—. Si se enfría, lo devolverá sin control. Si seguimos calentándolo, continuará robándolo.
Inés llevaba la llave del mausoleo donde se regulaba el calor. Podía ir directamente allí, seguir a la cuarta sombra —el cuervo Corvus, que golpeaba el muro de servicio—, o consultar los registros en la galería. Antes del amanecer tendrían que decidir cómo deshacer lo que habían mantenido vivo.
¿Qué camino eliges?
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