La válvula del mausoleo
Inés abrió el mausoleo con su llave. Dentro no había tumbas: había una caldera y cientos de tubos finos que entraban en la tierra. Varo reconoció el circuito que llevaba años alimentando desde el invernadero.
El maestro señaló una rueda roja. Si la giraban hasta el tope, el calor restante expulsaría las sombras hacia sus portadores. La descarga quemaría las raíces y no permitiría volver a encender el sistema. Inés pensó en Elena recibiendo de pronto todos los miedos que le habían quitado.
Junto a la rueda había una palanca marcada como aislamiento. Cortaba las entradas del jardín y conservaba solo el calor necesario para devolver una sombra cada vez. Requería vigilancia continua hasta vaciar los frascos; si la abandonaban, el jardín buscaría alimento por las grietas.
—No decidirás tú solo cuánto deben soportar —dijo Inés al maestro. Varo apoyó una garra en la palanca para impedir que la moviera sin avisar. Podían terminar aquella noche o asumir juntos la custodia de una devolución lenta.
¿Qué camino eliges?
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