El muro de los nombres
Corvus arrancó una tira de hiedra del muro. Debajo aparecieron nombres tallados en pequeñas placas. Algunos pertenecían a personas muertas; otros, a vecinos que Inés veía cada semana. Encontró el de Elena casi a ras del suelo.
—Son los dueños de las sombras —dijo el maestro. Inés le pidió que dejara de llamarlos dueños: nadie les había preguntado si querían entregar nada.
Una placa vacía comenzó a grabarse sola. Era el nombre de Varo. El dragón aplastó con una garra la raíz que intentaba sujetarlo. Tenían menos tiempo del que creían.
En la base del muro había instrucciones para la devolución: abrir el conducto del mausoleo devolvería todos los miedos de golpe y destruiría el jardín. La galería describía otro procedimiento, más lento, que exigía mantener el invernadero sin nuevas capturas mientras se vaciaban los frascos uno a uno.
Inés podía ordenar la apertura inmediata. Si necesitaba comprender mejor sus riesgos, tenía a mano el mausoleo y la galería. Corvus se apartó del muro: ya no quedaba nada que quisiera ocultar.
¿Qué camino eliges?
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