Promesa en la puerta del mausoleo
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Promesa en la puerta del mausoleo

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Corvus avanzó primero, y los demás lo siguieron sin vacilar. El pasaje frente al mausoleo era estrecho, tallado en piedra gris, y el aire tenía un ligero olor a polvo y a metal viejo. En la parte superior de la puerta, símbolos entrelazados parecían respirar cuando les daban la luz. Había una promesa grabada que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta; aquello era lo único que parecía exigir una verdad, una promesa cumplida que nadie estaba seguro de poder entregar.

El Maestro del terror, de cuerpo humanoide cubierto por un atuendo que parecía hecho de sombras, dio un paso adelante. Sus ojos, apenas visibles, se fijaron en las runas. No era supersticioso; era su fobia a la falsa seguridad lo que lo empujaba a requerir pruebas claras, respuestas simples, cosas que se pudieran sostener sin incertidumbre. —Corvus, dijo con voz grave, debemos saber exactamente qué promete este portón y qué nos pedirá a cambio. No podemos entrar a ciegas. —

La Guardiana de los secretos, una dama de rostro sereno y mirada fría, alzó una ceja apenas perceptible. Su voz, suave como el viento que no se decide, respondió sin hacerse cargo del ritmo de los demás. —No podemos permitirnos errores. Si la puerta nos ofrece una salida, debemos exigir una verificación rápida y precisa. Si la promesa es real, no habrá engaño. —

El Dragón del abismo, con escamas oscuras que absorbían la luz, dejó que un suspiro cansado escape entre sus fauces. Su presencia imponía silencio, y su voz resonó como un trueno en el interior de la caverna. —Las palabras antiguas han cruzado generaciones. Si confiamos, lo que pida se cumplirá; si mentimos, la ilusión nos devolverá a la oscuridad. Debo decir lo que siento: lo correcto es escuchar las palabras que estuvieron aquí desde siempre. —

El portón grabado parecía respirar con cada latido de la sala. Las letras grabadas eran oscuras, pero se veían claras para quien sabía mirar. Había dos rutas posibles: una promesa cumplida que exigía verdad, y una ilusión que prometía un camino inmediato, pero peligroso. Corvus alzó una mano para detener al grupo y miró a cada uno, esperando una señal. —No nos vamos a equivocar por orgullo, ni por miedo a pedir ayuda, dijo. Si hay una manera de seguir, hay que encontrarla sin engaños. —

La Guardiana se acercó al portón y posó la palma abierta sobre la piedra fría, como si quisiera sentir de inmediato la memoria de las palabras que allí descansaban. —Las promesas son verbales e inmutables cuando se cumplen; si pedimos la confirmación, debemos aceptarla tal como fue escrita. Si alguien intenta cambiarla, debe ser con una razón que todos podamos entender. —

El Maestro del terror, que casi parecía respirar de forma distinta por el miedo a las falsas seguridades, habló con una voz que parecía salir de la sombra misma. —Si las palabras antiguas confirman nuestra ruta, lo diremos en voz alta y la puerta se abrirá. Si nos engañan, hay que enfrentar la ilusión sin pestañear. Pero no podemos avanzar con dudas que nos paralicen. Debemos escoger un camino claro. —

El Dragón del abismo inclinó la cabeza, evaluando la situación de forma pragmática. —Podemos hacer dos pruebas: responder a una promesa con exactitud o detectar si la ilusión se alimenta de nuestros temores. Si elegimos confiar, una línea de texto antiguo podría aparecer en la pared; si elegimos engañar, la puerta mostrará una escena falsa para distraernos. En cualquiera de los casos, tendremos que decidir rápido. —

El murmullo del viento dentro de la cámara parecía encender una chispa de responsabilidad en cada uno. Corvus dio un paso más y habló con claridad, pronunciando las palabras que traía consigo como un mandato práctico. —Primero, repitamos la promesa que la inscripción insinúa. Si no la entendemos, preguntaremos una pregunta directa y verificable. Luego, si esa respuesta nos convence, avanzamos. Si no, la ilusión se deshará ante la verdad. —

La Guardiana de los secretos asintió, y su voz se hizo una línea de acero suave. —Entonces repitamos la promesa en voz alta, una sola vez, para que todos la oigamos con claridad. Si alguien se equivoca, lo corregiremos sin descalificarlo. La verdad es la base de nuestra salida. —

El grupo se miró entre sí y, por un instante, nadie habló. El portón parecía pedir una promesa cumplida, y la ruta susurrante podría abrirse si confiaban en palabras antiguas o si engañaban al portón con ilusión. Corvus dio un paso atrás y dejó que el silencio se asentara, esperando la decisión de la unidad. ¿Qué promesa deben confirmar? ¿Qué palabra antigua deben pronunciar para que el portal se abra y el camino se revele sin trampas?

La escena quedó suspendida, sin una respuesta definitiva, mientras la puerta parecía medir cada respiración. El grupo sabía que su próxima decisión no solo abriría o cerraría el mausoleo: podría decidir su destino en el abismo que los esperaba más allá. ¿Confiarán en las palabras antiguas y arriesgarán la verdad, o buscarán una salida basada en una ilusión conveniente?

¿Qué camino eliges?