El túnel de las pequeñas luces
La montaña de los ángeles
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El túnel de las pequeñas luces

Milo y Brin entraron en el túnel. Las luciérnagas avanzaban delante de ellos como una hilera de farolillos. El camino subía suavemente entre paredes de piedra azul.

Al llegar a una bifurcación, Milo levantó la mano para ver mejor. Las luciérnagas desaparecieron bajo su resplandor.

—¡Se han ido! —exclamó.

Brin acercó la nariz a una pared. Allí seguía una lucecita, casi invisible.

—Están aquí. Tu luz es tan fuerte que no podemos ver la suya.

Milo cerró un poco la mano. Enseguida volvieron a distinguir la fila: giraba hacia la izquierda y continuaba por un tramo seco. El otro camino terminaba en un charco.

Siguieron las luces hasta una puerta de madera. Brin la empujó con el hocico y ambos salieron a la cumbre. Sobre ellos se alzaba la linterna apagada.

Milo abrió la portezuela y tocó la piedra de su interior. El cristal se llenó de luz y un haz dorado alcanzó el pino donde esperaban las estrellas.

Las tres subieron por aquel camino luminoso. La más pequeña dio una vuelta sobre Brin antes de reunirse con las demás en el cielo.

Las luciérnagas descansaron en la hierba. Milo se sentó a su lado y cerró la mano para verlas brillar. Con la linterna encendida, ya no necesitaban otra luz.

¡Fin!

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Tu camino

  1. Acompañar a Milo y Brin hasta el refugio
  2. Seguir a las luciérnagas por el túnel
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