La galería del eco

La galería del eco

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Entran a la galería, las luces parpadean y las paredes guardan un silencio que parece escuchar mejor que las palabras. Nova alza la barbilla, lista, y Irene aprieta una pequeña lámpara de su cinturón, verificando cada tornillo con calma.

El eco llega primero como una voz que se repite, luego cambia sutilmente cada vez que ellas hablan. —Sin prisa, evaluemos el camino—, dice Irene, midiendo las distancias entre las estatuas de piedra. —Pero no para, no te fíes del primer susurro—, le responde Nova, manteniendo la mirada en la puerta que brilla al fondo.

Las voces se imitan sin ser iguales, y el silencio, más que todo, pesa. Irene se acerca a un panel con grabados de engranajes y notas en diminuto. —Algo en este engranaje parece desfasado—, observa, señalando una rueda que no coincide con las demás. Nova asiente y coloca la mano sobre su espada imaginaria, lista para actuar. —Si funciona, la música de los engranajes nos guiará—, afirma, y su voz se pierde un poco en el eco.

El eco cambia una sílaba, como si quisiera decir algo diferente, y luego se apaga por un instante para dejarles claridad. Irene estudia el panel y propone una solución práctica. —Hagamos un ajuste rápido: moveremos esta tuerca tres giros y probaremos—, propone, con seguridad. Nova toma aire y asiente. —Confío en tu idea, vamos juntos—, dice, y se colocan frente a la puerta que aún no se abre.

Con un giro preciso, el panel emite un murmullo suave y la entrada se ilumina. Ambas cruzan, en silencio, sabiendo que la valentía no es no temer, sino avanzar con la ayuda de un amigo. Moraleja dentro de la escena: cuando dos soluciones se unen, las dudas se vuelven pasos firmes y una salida aparece.