La planicie que pregunta: sigilo o visión
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La planicie que pregunta: sigilo o visión

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La planicie se extiende como una pregunta abierta; delante, la hierba corta se pliega en silencio cada vez que el viento sopla. Las sombras se ajustan en la frontera de la luz, y el grupo llega a la llanura tras atravesar una franja de rocas que parece marcada por un antiguo respeto. No hay camino claro, solo la promesa de una señal: una grieta de luz que late en el suelo, como si la tierra misma respirara. El grupo se detiene. Vorn alza la cabeza, las escamas, tibias y oscuras, guardan historias que nadie quiere recordar; Kessa apoya el peso en su arco, ojos afilados como cuchillas, y Draven camina un paso atrás, sus botas hundidas en la sombra que parece vivir entre sus dedos. Todo es quietud, hasta que el murmullo de la planicie rompe el silencio con la promesa de un movimiento.

—No podemos quedarnos de brazos cruzados. Si avanzamos sin clemencia, el suelo podría tragar nuestras huellas y borrarlas para siempre, Vorn. —el murmullo de Kessa llega antes de que nadie pueda nombrarla, y su voz corta el aire como una cuerda tensada, directa y precisa—. Vorn.

Vorn no se altera; sus ojos, de color azulado como el hielo que no se derrite, miran la grieta de luz. No es una apertura que invite a la curiosidad sin costo, sino una decisión que podría definir la ruta de la marcha. El humo de su aliento no caliente la piel de nadie; en cambio, tiñe las sombras con un tono antiguo, como si la historia misma se hubiera acomodado en la garganta de la criatura para hablar a través de una lámpara de petróleo apagada. Draven se queda en segundo plano, más figura que hombre, observando con ojos que no son ojos y que, sin embargo, parecen entender la lógica de cada respiración.

La grieta de luz parece, a primera vista, una línea; si la miras de costado, es un borde que podría cortarte el camino para siempre. Si la miras de frente, es una promesa de claridad: una señal que podría indicar que el camino se abre o se cierra. Kessa, con el arco apoyado en su espalda, respira con precisión y mide cada segundo que transcurre. Sabe que una decisión apresurada puede activar una trampa que nadie esperaba. Vorn, por su parte, respira una vez, despacio, como si la Tierra fuera un tambor antiguo que se mantiene en pausa para escuchar la primera nota de la mañana.

—La señal no es para correr —dice Kessa, su voz baja, casi un susurro que llega sin avisar—. Es para decidir si seguimos con cautela o si consultamos al Draven. Si pedimos su opinión, podría ofrecernos la lectura de una firma que solo él entiende. Pero cada palabra suya es una llave que abre una puerta que quizá no podamos volver a cerrar. Vorn.

Vorn asiente con la cabeza, y una chispa antigua nace en su garganta, no de calor sino de una memoria que no quiere olvidar. —Conozco estas señales. No son simples límites; son una invitación a recordar lo que estamos dispuestos a perder —dice, sin elevar la voz lo suficiente como para levantar polvo a su alrededor—. Si nos acercamos sin vigilancia, podríamos hallar respuestas, o encontrarnos con una pregunta más peligrosa que la anterior. Kessa.

Kessa da un paso adelante y levanta el arco con la mano izquierda, la derecha lista para soltar la cuerda. Su mirada se fija en la grieta de luz. —La visión del Draven podría darnos una lectura de lo que la grieta quiere mostrar, o podría confundirnos con sombras que no existen. Si Draven habla, debemos escuchar con cuidado, y sin asumir que su verdad es la nuestra—. Deja el arco reposar y añade—: También podría negarse a hablar si no percibe la necesidad de una pregunta real.

Draven, en silencio, da un paso adelante desde la penumbra. Su presencia es como una página de un libro prohibido que, de pronto, se abre sin que nadie la haya pedido. Su voz no llega con un volumen que traspase la piel; llega con el peso de una verdad que se cuela por las rendijas de la mente. —La grieta no es un peligro aislado; es un mapa parcial. No os asustéis por lo que no entendéis aún. Si me consultáis, os diré lo que la firma revela cuando se observa con paciencia, y podré indicar el camino que menos erosione lo que habéis construido—, declara, sin parecer orgulloso, pero con la seguridad de quien sabe lo que está buscando.

La planicie parece respirar en conjunto, aceptando la presencia de cada uno y la posibilidad de un pacto. La grieta de luz parpadea una vez, luego permanece estable, como si esperara que alguien se decida. El grupo se mira entre sí, la tensión dentro de ellos no es enemiga sino un combustible que podría encender una decisión. Cada uno sabe que elegir entre avanzar con sigilo o consultar la visión del Draven no solo definirá el siguiente paso, sino que, tal vez, les obligará a enfrentar aquello que ninguno de los tres quiere nombrar en voz alta. Una pregunta persiste, clara y fría: ¿qué costo estará dispuesto a pagar el grupo por la claridad que buscan?

La grieta de luz tiembla y, por un instante, parece prometer una respuesta si alguien escucha. ¿Qué hará cada uno cuando el murmullo de la planicie, ahora más audible, se convierte en la única voz que les guía hacia lo que no quieren entender?

¿Qué camino eliges?