La ciudad sin grietas
Alaric tomó el sello de mando y ordenó levantar un nuevo barrio en la capital. Seraphine recogió copias de los registros y abandonó las ruinas. Él la dejó marchar porque creyó que ninguna prueba competiría con las casas que acababa de prometer.
El barrio apareció en una noche. Tenía patios, fuentes y ventanas orientadas hacia un amanecer que el Telar mantenía despejado. Los primeros habitantes lo recorrieron en silencio, asombrados. Alaric recibió sus agradecimientos desde un balcón.
Dos semanas después llegaron las imágenes de la costa que había desaparecido para construirlo. Seraphine las había enviado junto con los registros. Algunas familias devolvieron las llaves. Otras se quedaron: no tenían otro lugar donde vivir. El conquistador llamó ingratos a unos y leales a los demás.
Para contener las protestas levantó muros nuevos. Para compensar los muros prometió jardines. Cada solución ampliaba una deuda que sus ministros empezaron a prohibir que se nombrara.
Años después, la capital seguía siendo hermosa. Alaric poseía el sello y nadie podía arrebatarle una avenida. En la sala de audiencias, sin embargo, mandó cubrir una pequeña marca del mármol. Era la altura de alguien a quien nunca había conocido. La pintura se levantaba cada invierno.
Este cuento tiene 2 finales posibles. ¿Los has descubierto todos?
Tu camino
- Disputar el sello de mando del Telar
- Conservar el poder de la máquina pese a su coste
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