La cueva de la luz
El planeta alienígena y la luz que parpadeaba
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La cueva de la luz

La cueva estaba tibia. De sus paredes salían las venas de cuarzo, finas como raíces, y en el centro había un cristal tan alto como Estrella. Latía despacio, y con cada latido la luz recorría las venas hacia la aldea.

Un dragón del tamaño de un gato bajó de una repisa. Tenía ojeras.

—Soy Zico. Cuido el cristal —dijo—. Desde hace tres noches, alguien entra cuando me duermo y lo toca. Si lo tocas sin saber cómo, la luz tropieza.

Tilo acercó el farol al suelo. Había granos de arena roja junto a la base del cristal, los mismos que Estrella había visto en el sendero.

Zico les explicó dos cosas. El cristal guardaba un rato el brillo de quien lo tocaba: si apoyaban la mano en la parte tibia, verían al visitante. Y esa noche el visitante volvería; si se quedaban con él, Zico no se dormiría.

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¿Qué camino eliges?

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