La espera junto al cristal
El planeta alienígena y la luz que parpadeaba
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La espera junto al cristal

Se sentaron en el suelo tibio, con el farol de Tilo casi apagado. Para que Zico no se durmiera, Tilo contó la historia del día en que se le quedó una bota en un río. Zico se rio dos veces y bostezó cinco.

Cerca de la medianoche sonaron pasos. Un viajero con un abrigo cubierto de polvo rojo entró en la cueva con una linterna apagada. Estiró la mano hacia el cristal.

—Hola —dijo Lila, antes de que lo tocara.

El viajero dio un salto. Se llamaba Vento y venía de Umbra, el planeta vecino, donde el cristal se había apagado y las noches eran negras del todo. Había venido a pedir luz, pero al llegar todos dormían y no se atrevió a llamar a ninguna puerta. Cada noche había intentado encender su linterna en el cristal; cada noche la luz tropezaba y la linterna seguía apagada.

—Para tener luz hay que pedirla —dijo Zico, sin enfadarse—. El cristal no la da a quien la coge a escondidas. Pero sí puede dar una esquirla, al amanecer, a quien la necesite.

En la entrada apareció un farol. Era Nara, la anciana de la aldea, con un chal azul: había visto que la luz dejaba de tropezar y había subido a mirar. Ella conocía otra manera: llenar linternas con la luz de todas las casas, como se hacía antes de que existieran las venas de cuarzo. Quedaban unas horas hasta el amanecer.

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¿Qué camino eliges?

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