La noche de las linternas
El planeta alienígena y la luz que parpadeaba
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La noche de las linternas

Nara tocó la campana de la aldea. Salieron vecinos en zapatillas, con el pelo revuelto, y ella los mandó a la Casa de los Faroles. Volvieron con linternas de cristal vacías, una por cada ventana.

Lila voló de casa en casa para enseñarles cómo se hacía: la linterna pegada al cristal de la ventana, y el nombre de quien iba a usarla dicho en voz alta. «Para Umbra», decía cada vecino, y la luz entraba en la linterna y se quedaba.

Estrella llevó las linternas al prado en dos cestas colgadas del lomo. Tilo las contó: cuarenta y dos. Vento las fue colocando en su cápsula hasta que las ventanas redondas brillaron como las de una casa de Lumina.

El cristal de la cueva no perdió ni una chispa. Zico, que ya no tenía que vigilar a nadie, se durmió antes de que se llenara la última linterna.

—Duran una estación —dijo Nara—. Después tendrás que venir a llenarlas otra vez. Y esta vez, de día.

Vento se rio y prometió traer arena roja para el jardín de Nara, que nunca había visto ninguna. Al amanecer, el globo de semilla y la cápsula despegaron a la vez: uno hacia el bosque y la otra hacia un planeta donde aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, iba a haber cuarenta y dos ventanas encendidas.

¡Fin!

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Tu camino

  1. Subir a la cueva de la luz
  2. Quedarse con Zico a esperar al visitante
  3. Preparar las linternas como dice el libro
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