Reloj de la Sala del Tiempo
Cuentos de Fantasía 13-18 años

Reloj de la Sala del Tiempo

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El reloj de la Sala del Tiempo vibra en cada golpe de la pared. Al activarlo, las sombras alrededor emiten un brillo tenue y el aire huele a metal antiguo. La Exploradora dimensional mantiene las manos sobre la esfera mientras el Dragón ancestral observa desde el umbral, quieto y sin mover ni una pestaña.

—Cuando digo que el tiempo no perdona, quiero decirlo de verdad, no como una frase —dice el Dragón, con voz grave y clara—. Prepárense para lo que veamos.

La imagen que se abre dentro de la esfera no muestra un camino único, sino tres ventanas que flotan en el aire, cada una con un temblor distinto. En la primera, una ciudad de torres brillantes se eleva y parece prometer una eternidad sin fin. En la segunda, mundos se desdoblan como cartas que se barajan y se ordenan, con un rayo que parece partir el tiempo. En la tercera, una sombra se extiende sobre un paisaje que ya no es hogar para nadie.

—Esto es lo que se puede ver si confiamos en la visión —afirma la Exploradora dimensional, su voz firme como una cuerda tensada—. Pero podría engañarnos o mostrar solo fragmentos.

El Ser del chaos flota entre las tres ventanas y al hacerlo, su presencia modula probabilidades. No es una amenaza, pero su oferta es ambigua: un camino puede parecer correcto y, al seguirlo, cambiar todo el reino. No hay certezas.

—Las imágenes no son leyes —explica el Ser del caos, con un tono neutro—. Son posibles escenarios. Pueden cambiar si alguien toma una decisión distinta o si alguien falla.

La Exploradora alarga la mano hacia una de las ventanas y la toca con suavidad. El cristal emite un zumbido y aparece una memoria fragmentada: un pasillo largo, una vela encendida, una palabra grabada en la pared que no logran distinguir claramente.

—Este fragmento parece venir del Reino —dice ella, mirándolo a los dos—. Tal vez la memoria estaba aquí, esperando que alguien la encontrara para entender qué pasó con la eternidad.

El Dragón asiente, moviendo la cabeza apenas para no romper el silencio tenso.

—Tenemos dos preguntas básicas, y la tercera aparece si seguimos adelante —dice, con una voz que parece venir de piedra—. ¿Confiamos en lo que vemos? ¿Buscamos más pruebas? ¿Y si no es suficiente?

La sala se llena de un silencio grave. Las tres ventanas siguen flotando, cada una con su promesa y su riesgo. El reloj pulsa de nuevo, marcando el compás de una decisión que ya no se puede posponer. ¿Qué harán?

¿Qué camino eliges?