La hora que sí pasó
En la torre, Daro explicó el procedimiento antes de tocar nada. El reloj de Vera podría retener el agua una hora y devolver el movimiento a las personas. Después se apagaría para siempre. La exploradora se quitó la correa. —Que esta hora les pertenezca.
Cuando conectó ambos mecanismos, la niña del vestido amarillo oyó por primera vez romperse su taza. Daro habló desde la plaza, señalando el agua inmóvil sobre los tejados. Vera guio a los vecinos por la avenida alta. Caos recorrió las casas y tomó la forma de una flecha luminosa en cada cruce.
Una anciana se negó a dejar su puerta. Daro aterrizó a su lado. No prometió salvarle la casa: le ofreció cargar con ella y con su perro. La mujer aceptó. Fueron los últimos en llegar a la ladera.
La aguja del reloj de Vera se detuvo. El agua cayó sobre el barrio vacío y se llevó los puentes de madera. Nadie resultó herido. Al otro lado de la plaza, la campana dio las siete.
Vera tardaría en encontrar otro modo de viajar. Mientras tanto ayudó a levantar viviendas en terreno alto. La niña de la taza le regaló una de barro nuevo. Era un poco torcida, y nadie intentó devolverla al minuto en que todavía era perfecta.
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Tu camino
- Entregar el reloj de Vera y evacuar el barrio
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