El cauce enterrado
Caos se deslizó entre las piedras y regresó con forma de pez transparente. Dentro de su cuerpo se veía el trazado del cauce: seguía abierto hasta el mar. Solo lo bloqueaban los cimientos de la torre de Daro.
—No puedo atravesar roca con agua detrás —dijo la criatura—. Mi forma cambia; las montañas, no. La torre tendrá que caer antes de soltar la corriente.
Daro admitió que conocía aquella posibilidad desde el principio. En la torre guardaba las cartas de su compañera, muerta muchos años antes. Durante cada repetición había imaginado otra solución que no le exigiera perderlas.
Vera no le dijo que unas cartas carecían de importancia. Le preguntó cuántas tardes llevaban esperando los vecinos. El dragón miró las ventanas donde nadie había envejecido.
Podían abrir el cauce derribando la torre, con Daro dispuesto a asumir la pérdida. Si aún no era capaz, Vera podía entregar la reserva de su reloj y evacuar el barrio. Ninguna opción devolvería aquellos ochenta años, pero las dos permitirían empezar el siguiente minuto.
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