El visitante del prado
El planeta alienígena y la luz que parpadeaba
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El visitante del prado

Las huellas cruzaban el prado hasta una cápsula pequeña, redonda como una cebolla y cubierta de arena roja. Sentado en una piedra, un viajero con abrigo polvoriento daba vueltas a una linterna apagada.

Se llamaba Vento y venía de Umbra. Allí el cristal se había apagado y las noches eran negras del todo; los niños no salían después de cenar y nadie encontraba su casa sin luna. Había venido a pedir luz, pero al llegar todos dormían y no se atrevió a llamar a ninguna puerta. Así que cada noche entraba en la cueva y acercaba su linterna al cristal.

—Y la luz tropezaba —dijo Nara.

—Y yo me asustaba de haberlo roto —contestó Vento—. Tenía que haber llamado.

—¿A qué puerta? —preguntó Tilo.

—A cualquiera —dijo Nara, y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.

Subieron todos a la cueva. En la entrada los esperaba Zico, un dragón del tamaño de un gato que cuidaba el cristal y tenía ojeras de tres noches. Zico confirmó lo que Nara recordaba: el cristal podía dar una esquirla al amanecer, y tardaba un año en volver a crecer. Nara conocía la otra manera: llenar linternas con la luz de todas las casas. Quedaban unas horas.

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¿Qué camino eliges?

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